La máquina que espera el océano
La primera señal de que algo había cambiado en el Laboratorio de Biogeoquímica
Marina de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso no fue un descubrimiento
científico ni una nueva publicación. Fue un sonido. Un zumbido suave, constante,
casi imperceptible. El sonido de una máquina que comenzaba a trabajar después de
meses de espera.
Una tecnología única para estudiar el océano
A simple vista, el nuevo autoanalizador de nutrientes y alcalinidad parece un
conjunto ordenado de tubos transparentes, válvulas, detectores y pantallas. Sin
embargo, detrás de esa apariencia discreta se esconde una tecnología capaz de
transformar la forma en que se estudia el océano en Chile.

La adquisición del equipo fue posible gracias al proyecto FONDEQUIP EQM250093,
liderado por la académica de la Escuela de Ciencias del Mar y directora alterna del
Núcleo Milenio DEOXS, la Dra. Marcela Cornejo. El objetivo era ambicioso:
fortalecer la evaluación de la calidad de las aguas en ecosistemas acuáticos
mediante la instalación en Valparaíso de un autoanalizador de última generación,
único en el país por su capacidad de medir simultáneamente nitrato, nitrito, fosfato,
ácido silícico y alcalinidad.

Para Cornejo, la llegada del instrumento representa mucho más que una mejora
tecnológica.
“Nos permitirá estudiar con mucha mayor resolución y frecuencia los procesos
biogeoquímicos del océano y entender mejor cómo cambian en el tiempo”, explica
mientras observa las primeras corridas de muestras.
Hasta ahora, gran parte de estos análisis requerían largas jornadas de trabajo
manual o el envío de muestras a otros laboratorios. Cada botella de agua obtenida
en campañas oceanográficas significaba horas de preparación, reactivos y
mediciones. El nuevo sistema automatiza gran parte de ese proceso y reduce
considerablemente los tiempos de análisis.
De semanas de trabajo a resultados en horas
La transformación se aprecia en cifras concretas. Paola Reynoso, jefa del
Laboratorio de Biogeoquímica Marina de la Escuela de Ciencias del Mar, recuerda
que antes podían analizar alrededor de treinta muestras por día.
“Ahora podemos procesar 60 muestras por hora. Obtenemos resultados y gráficos
mucho más rápido y con menor consumo de reactivos”, señala.
En un laboratorio donde las muestras se acumulan después de cada campaña
oceanográfica, esa diferencia equivale a recuperar semanas de trabajo.
Uno de esos conjuntos de muestras lleva meses esperando. Corresponden al
crucero DIZMO realizado por el Núcleo Milenio DEOXS. Antes, analizarlas habría
requerido meses. Ahora podrían procesarse en apenas uno o dos días.

Capacitación y nuevas capacidades científicas
Pero la llegada del equipo también ha significado un desafío humano.
Durante varios días, especialistas de la empresa representante en Chile trabajaron
en la instalación y calibración del sistema. Luego comenzó una etapa importante: la
capacitación del personal.
Entre quienes participaron estuvo la oceanógrafa María Luisa Ruilova, investigadora
asociada a proyectos científicos del laboratorio.
“Es la primera vez que trabajo con un autoanalizador. Ya tenía experiencia
analizando nutrientes con espectrofotometría, pero esto es completamente distinto”,
cuenta.
Lo que más la sorprende es la autonomía del sistema. Una vez configurado, el
equipo puede procesar una enorme cantidad de muestras bajo condiciones
idénticas, reduciendo errores humanos y asegurando resultados.
“Uno siente que está frente a una tecnología que cambia la forma de trabajar”, dice.
Esa sensación también la conoce Stacy Ballyram, asistente de investigación de la
Fundación San Ignacio del Huinay, quien fue invitada a participar en la capacitación.
En su experiencia, disponer de un instrumento de este tipo marca una diferencia
radical.

“Antes había que enviar muestras a otros lugares o contratar análisis externos. Todo
era mucho más lento. Tener acceso a una tecnología así permite obtener resultados
en muy poco tiempo”, explica.
Mientras las muestras recorren silenciosamente los conductos internos del equipo,
una pequeña cantidad de agua de mar se mezcla con reactivos químicos. El
resultado es una reacción de color que luego es interpretada por sensores
fotométricos de alta precisión. Lo que para cualquier observador parece una leve
variación cromática, para los científicos es información valiosa sobre el estado del
océano.
Esa información permitirá comprender mejor fenómenos como la desoxigenación
marina, la acidificación de los océanos y los cambios asociados al clima.
Pero quizás uno de los aspectos más relevantes del proyecto no está en la máquina
misma, sino en la red que la rodea.
Una red para comprender mejor el mar
La iniciativa reúne a investigadores e instituciones de todo Chile, entre ellas el
Instituto de Fomento Pesquero, la Universidad de Antofagasta, la Universidad de
Concepción, la Universidad de Valparaíso, la Universidad Mayor, la Universidad
Católica del Norte, la Universidad del Biobío, el Instituto Milenio de Oceanografía,
CEAZA, la PUCV y el Núcleo Milenio DEOXS.
Además, contempla talleres abiertos, cursos de formación para estudiantes de pre y
postgrado y jornadas de análisis para investigadores de otras instituciones.

Porque al final, la historia de este autoanalizador no es únicamente la historia de
una máquina. Es la historia de una comunidad científica que decidió compartir
capacidades, formar nuevas generaciones y construir mejores herramientas para
comprender el mar.
Mientras las primeras muestras avanzan por los conductos transparentes y los
resultados comienzan a aparecer en la pantalla, el laboratorio parece contener una
pequeña metáfora de la ciencia misma: cientos de gotas de agua transformándose
en conocimiento.
Y en un país que mira permanentemente al océano, ese conocimiento puede ser tan
valioso como el mar que intenta comprender.
Por Felipe Miranda C.
